Abismo viene del griego abyssos, que significa sin límites. un caos primordial. una mirada que devuelve la mirada
Relatos individuales de un conjunto de mujeres que, a través de la escritura creativa, indagan en las profundidades del sufrimiento. En su travesía exploratoria, comparten la diversidad de los abismos femeninos y, en conjunto, elaboran y resignifican creativamente, con un toque de humor, su dolor.
Personajes : El Abismo de la creacion, El Abismo de la Levedad, El Abismo Más Temido,El Abismo Incómodo,El Abismo del Silencio, El Abismo de Mi Misma.
(Se abre la puerta. Luz cálida, tenue. En el lateral del patio de entrada, un caballete sostiene un lienzo inmaculado, pinceles, pinturas y una paleta de colores. Una figura —El Abismo de la Creación— ejecuta gestos pausados, como si se preparara para realizar un ritual sagrado.) Al ingresar, todo está dispuesto como un altar: una mesa elevada adornada con seis delicadas lamparitas. A un lado, una vela titilante, un cuenco repleto de hierbas aromáticas y un pequeño vaso de miel dorada. Los abismos están sentados en el público; uno de ellos se dedica a tejer un libro (el incómodo), mientras que El Abismo de la Creación presenta un lienzo en blanco y sus pinturas, y comienza a plasmar su arte.
Preludio: el borde
Al principio, no hubo palabras.
Solo una vibración antigua. Un temblor.
Como si el mundo respirara por primera vez desde el centro de su herida.
Una figura se detiene al borde de sí misma.
No sabe si avanza o si cae.
Sabe, sin embargo, que está a punto de hacerse una pregunta.
Y al hacerlo, el abismo responde.
Pero no responde con certezas.
Responde con más preguntas.
La levedad —¿Qué habita en mí cuando ya no me reconozco?
El mas temido—¿Quién soy cuando se caen los nombres, los roles, los mandatos?
El incomodo—¿Qué queda cuando lo amado duele, y lo que duele permanece?
Abismo de mi misma—¿Es el silencio una forma de hablar lo inefable?
El de la creacion—¿Se puede estar sola sin estar partida?
El silencio—¿Qué se quiebra cuando se cae... y qué nace al tocar el fondo?-Todos —¿Qué pasa si suelto? ¿Si ya no intento controlar nada?
El eco de esas preguntas no rebota. Se hunde.
Y al hundirse, abre.
Ahí están.
Los abismos.
No se ven.
Se sienten.
( A medida que se designan, emergen los abismos y comienzan a ocupar su lugar ) El abismo del silencio. El más temido. El incómodo. El de la levedad. El de la soledad. El del origen y la creación. El abismo de mi propia esencia.
Todos ellos murmuran en distintos tonos.
No hablan al unísono, pero se escuchan.
Como si fueran notas de una misma melodía subterránea.
Una vela tiembla en medio del altar.
Una espiral se dibuja en el suelo.
Y entonces, una voz —quizás la tuya, quizás la mía— susurra:
Se escuchan voces etéreas. los abismos hablan en coro, luego de a uno. —Estoy aquí.- Al borde.-Escuchando.¿Y si me lanzo… qué me espera? -Silencio.- Y luego, el salto.
(El ABISMO DE la creacion, Se sienta a pintar y oscurece ligeramente,
1. abismo de La creacion
Ella, el abismo Por Maria Elvira Echeverri
Un lugar donde la creación se desmorona y vuelve a levantarse, renace de sus propias cenizas. No sabe si avanza o retrocede; parece caminar sobre un hilo invisible, sin brújula, sin rumbo. La observo mientras se prepara para su misión: lanzarse al vacío.
En ese salto, algo en ella despierta, ha estado dormido demasiado tiempo. Su inspiración viene de un lugar extraño, casi inalcanzable: la impotencia que brota del poder creador.
Su misión es clara: rendirse ante el misterio que la llama, ese eco desconocido que resuena en su silencio.
Ella abre un canal que no puede evitar; sus movimientos se vuelven imprecisos, como sombras que se desvanecen en la penumbra. ¿El resultado? Ya no le importa si le gusta o no. Lanzarse es su arte: un grito que libera, una chispa que incendia lo invisible.
El abismo la empuja hacia adentro, hacia ese espejo donde se mira y no se reconoce. La veo saltar, sentarse, disponerse… El fondo blanco la enfrenta con su brillo implacable. Más temeroso que el negro, porque el negro lo cubre todo; no deja espacio para dudas. Pero el blanco… el blanco la paraliza. Es vacío puro, una hoja sin historia ni sugerencias. Su luz es tan intensa que la obliga a cerrar los ojos y buscar refugio en la oscuridad.
La oscuridad es ella misma; el caos también lo es. Pero en algún rincón escondido de su ser, también es luz. Hoy se levantó con la intención de pintar algunos trazos: un ritual antiguo que parece haberla acompañado desde siempre. Alista una mesa alta, testigo silenciosa de años de intentos—algunos fallidos, otros triunfantes. La veo preparar un altar con cuidado: invoca algo más grande que ella misma, pide, implora… Se toma unos minutos para preparar agua de hierbas, café y un poco de miel.
Mira sus avances con ojos críticos y prende una vela; quema incienso y deja que la salvia purifique el aire a su alrededor. Saca las pinturas y comienza a elegir los colores… Pero entonces se detiene. ¿Qué está haciendo? La noto distante, como si hubiera una grieta entre lo que habita en su alma y esa superficie blanca que espera impaciente ser tocada por sus manos. Un umbral invisible parece formarse a su alrededor; el silencio lo llena todo. Surge algo: una emoción fugaz, un pensamiento errante, una palabra que parece no pertenecerle… Y ahí está ella: transformada en un canal profundo por donde fluye algo más grande.
Cierra los ojos y se rinde al abismo de la creación.
2 abismo de la levedad
Por Maria Clara Ramos
Esta es Juana
La hija de Alonsina y Otoniel fue pintada en un bar, por un artista desconocido en 1996 cuando tenía 28 años, época en la que se lanzó a los placeres de la noche y la bohemia. Con su mirada misteriosa y la cabellera larga y ondulada, era capaz de bailar con el que ella escogiera, y además hacer que le dedicaran bellas canciones. Coqueta como ninguna, Juana recibía serenatas dos veces a la semana y si de pronto no estaba, porque andaba de parranda, su prima, muy parecida a ella, se asomaba a lo lejos y en penumbras a la ventana, para dar las gracias, y luego apagaba la luz.
¡Si! Le fascinaban los hombres, bailar, y la música; y les hacía saber esto a todos los que pasaron por su vida. Armando Manzanero con sus boleros era su predilecto, pero ay del que se le ocurriera cantarle Mía, pues ella no le pertenecía a nadie.
Canta: “Mía, aunque tú vayas por otro camino; y que jamás nos ayude el destino. Nunca te olvides, sigues siendo mía”.
En un momento de su vida tuvo el deseo y necesidad profundos de viajar por la vida más liviana, y sin esta ansiedad que la había marcado por años y que le atribuyó, como mera hipótesis, a su incapacidad para entender el mundo; a ver el mundo que le tocó como un lugar donde no encajaba, por sus valores, por sus creencias, y por la estúpida sensibilidad que siempre le han producido la injusticia y la desigualdad. Su obsesión siempre fue estar muy informada y lanzarse a reflexiones y conversaciones que solamente aumentaban su sensación de rabia. Los niños en la guerra, la pobreza, las mujeres perseguidas, el abuso de los poderosos, las mentiras en la política, la falta de oportunidades, la apatía, el egoísmo, la codicia, etcétera, etcétera. Era una situación emocional insostenible.
El pacto de Juana
Siendo miércoles, 25 de febrero de 2025, Juana Arbeláez, realizó un pacto con el abismo:
Como pactante, se comprometió a dejarse caer en el abismo de la levedad sin pensar en remontar, sin agüero, con confianza, y sin miedo. Entregarse a la aventura de soñar, creer y crear dese la liviandad que le produciría la caída. En la inmersión, se comprometió a dejar de pensar en la realidad nacional o mundial, y a enfrentarse exclusivamente con lo que ella misma podía construir desde la bondad, la sensibilidad y la estética. No importaría cuantas veces fallara. Ella siempre se volvería a lanzar hasta lograr su cometido.
Por su parte el abismo se debería comprometer a proporcionarle, por supuesto, levedad, tranquilidad, nuevos paisajes, y mucha magia. En la caída la abrazaría con ternura, solidaridad y compasión. Al final del compromiso Juana escribió: ¡Ejecútese y cúmplase!
El abismo de la levedad le responde
“Soy un lugar donde todo es liviano; en mi olvidarás las tristezas y el dolor, y además sentirás la fuerza de la belleza, lo sutil, lo superficial, la sencillez.
Soy un lugar donde se siente la suave brisa y la tibieza del sol; soy ese lugar donde respiras el más puro de los aires y donde los verdes de las montañas, el azul del mar y de los ríos, y los colores de las flores son los más brillantes.
Soy el lugar donde fluyen los afectos y las conversaciones giran en torno a la magia de la vida, las artes y su estética; donde el vino nunca falta, y no existen penas por salud. Soy ese lugar donde se envejece por edad y se muere sin angustia. Un sitio en el que nunca faltará prosperidad, tranquilidad, bondad, solidaridad y alegría. Un espacio donde fluye la creatividad, la curiosidad y las ganas de hacer cosas por ti misma, y por los demás.
Por todo esto, y mi promesa de ser el abismo que te pertenece, te invito a venir conmigo. ¡Salta ya!”
Juana Reclama su derecho a la levedad
Hace varios años ella dejó los medios de comunicación, y se escapó a vivir en el campo, rodeada de naturaleza y de armonía, en una comunidad que ha venido construyendo con amigos; todos con intereses parecidos, todos con una sensibilidad especial frente al otro y frente al medio ambiente. Pero justo cuando ha firmado ese gran pacto con la levedad, han vuelto las noticias como ráfagas de desesperanza universal. La era Trump, las guerras en Ucrania, Palestina y Colombia, y el miedo a la desestabilización económica del país, la tienen pegada al techo nuevamente. Y entre estas noticias, se cuelan por supuesto violaciones, por parte de un pediatra, a niños anestesiados; un hombre que expuso a su esposa a vejámenes y abuso sexual por parte de extraños, mientras la mantenía drogada; niños y jóvenes que desaparecen todos los días; bombardeos cerca de la zona en la que vive.
¿Autosaboteo? Probablemente sí
Juana ¡Quiere levedad! Quiere esconderse de todo esto y más. Pide a gritos poder dejarse abrazar por la belleza, sin tanto ruido. Pide a gritos el silencio que la logre conectar exclusivamente con la cadena de mujeres que es, y con aquellos que pueden experimenta
r la sencillez y la explosión de color en una flor; abrazar la lechuga que nace y crece en el huerto; o los olores deliciosos a tomillo y otras hierbas en la cocina. Quiere despertar cada mañana agradeciendo el suave rumor de la quebrada, el canto agudo de los pájaros, la luz cálida que entra por sus ventanas.
Quiere agradecer sus piernas al caminar, los ojos que pueden ver el atardecer, sus pulmones que respiran, el olor de esa planta llamada caballero de la noche que llega hasta su cama, su familia, su trabajo y sus amigos. Y nada más. Agradecer un mundo lleno de contenido en medio del caos que hay allá afuera. Un mundo que le pertenece; un mundo donde se disuelven el miedo y el horror, y en el que brotan la armonía y la serenidad. Reclama llorando su derecho a la levedad y es en ese momento cuando oye nuevamente la canción:
Vuelve a cantar : “Mía… porque jamás dejarás de nombrarme, y cuando duermas habrás de soñarme, hasta tu misma dirás que eres mía….”.
Juana sonríe. Esta vez es su abismo, el abismo de la levedad el que le está cantando esa canción, para después decirle: “- No te rindas. ¡Vuelve a saltar!”.
DEL DOLOR DEL ABISMO INCÓMODO
por Valentina Zuluaga
QUIEN ESCRIBE TEJE
El abismo del origen pregunta:
De qué te escondes?
De qué me escondo pregunta una amiga abismal
y yo me quedo pensando es difícil de verdad,
tengo que mirar al fondo y llegar a incomodar
pensar, repensar requiero para encontrar la verdad.
De qué me escondo pregunta una amiga abismal
y yo no encuentro respuestas que me llenen de verdad,
tendré que seguir buscando, salta el miedo de mirar
mirar ese abismo incómodo en que habita esa verdad.
Veo el borde alejarse
cada vez más alto
y yo cada vez más en lo profundo
con la incomodidad presente,
el vivir las consecuencias de
los pasos que te llevaron hasta aquí.
Cómo te has equivocado?
y ahora caes,
ya no tienes el control,
sientes ese vacío,
un vacío que te grita,
un vacío indolente,
uno donde no hay vuelta atrás…
Ausencia
Aquí sigo en este mundoTan distinta a lo que fuí
transformada por el rumbo
que en tu ausencia conocí.
18 de Marzo
Llega marzo y tu recuerdo
siempre se aviva en mi mente
llegan a mí tu sonrisas
las sonrisas tuyas nene.
Las sonrisas, los abrazos,
la neblina con tus pasos
pasos que dejaron huellas
huellas que rompieron lazos.
Son 19 de marzos
los que hace que no te veo
el 17 en la noche fue nuestro último beso
A dónde te fuiste Nene
no lo podía entender
solo me quedó tu ausencia
y mi fe para encender
una luz en lo profundo
de mi roto corazón
y unas huellas que me hacen
ser lo que yo soy hoy.
4 El Abismo más temido
por Pahola Garrido
El Abismo más temido promete engarzar los hilos de tus vínculos más preciosos, halarlos silenciosamente hasta deshacerlos por entero.
Los soltará, los dejará sensibles y libres para volarse con el viento y tomar direcciones insospechadas y conocer paisajes de las más diversas geografías.
Libres para dejarse llevar por las corrientes de los ríos, mares y lagos, mojará tus hilos hasta el corazón de sus fibras para sumergirles em parajes desconocidos para fluir con ellos en el silencio amoroso del agua.
El Abismo más temido promete soltar los nudos que nos atan al cotidiano, confortable y conocido donde nos repetimos diariamente, pues nos amarran a las prisiones laberínticas que nos impone la cultura a través de los personajes que ingenua y voluntariamente escogemos representar em esta pieza de teatro que es la vida mundana.
El Abismo más Temido es esa encrucijada que nos hace el alma en un encuentro en el que nos mira a los ojos y convoca al cuerpo moral, buscando desesperadamente caminos para romper la prisión de esa camisa de fuerza social, pues ella, el alma, anhela y necesita vivir otros personajes porque ella en si es infinita y se rehusa a vivir atada, cuando su creatividad y vigor son vibrantes.
En el Abismo más temido el cuerpo moral y mortal es desafiado por el alma inmoral, e indomable por su naturaliza plena e inmortal que se niega a someterse a todo aquello que la limita, que la oprime y le impide su plena evolución.
Ahí, al borde del Abismo más Temido, el alma zangolotea al cuerpo que le aprisiona y le pregunta ¿que haces? ¿Te has olvidado de mí? ¿Te has creído que esto aquí es solo para agradar tus placeres, tu comodidad, tu seguridad, tu vanidad? ¿Existiendo en un laboratorio probeta, protegida y resguardada de todo y de todos? En una fantasía que te distrae y te divierte em una vida artificial, limitada y limitante, sometiéndome a la lo mismo de siempre, cuando hemos venido a vivir la vida plena. Para! Detente! No lo permitiré más! Y tu ahora lo sabes! Despierta de esa novela vana e inútil que se conforma con tan poco como la seguridad!
Deja la cobardía complaciente con la mentira ridícula de la sociedad y de la familia que no se sustentan más!
A mi no me engañas, sé que te privas de tu verdadera esencia, pues yo soy tu alma y estoy em cada célula de tu existencia, a ti estoy presa y sé cuanto el placer de la carne alimenta el miedo y el dolor que te dominan y jamás se satisfacen.
¿Quien te crees que eres? De mero instrumento, vehículo para el flujo precioso de la luz te has creído capitán y convertido en carcelero de la vida. Encapsulando a la vida a donde quiera que vas! Amarrándote, usando muletas y lentes que distorsionan tu visión, cuando tus piernas son plenas para andar y tus ojos sabios para comprender. Suelta todo eso, déjalo yá!
Tu tiempo aquí es limitado, eres mortal y la vida que se te ha dado lleva dentro la sentencia irreductible de la muerte. Y yo aquí dentro de tí, entediada, te convoco ahora a que rompas estas cadenas que nos atan, lanzándote al abismo de lo incierto, de lo desconocido, de lo nuevo. Vamos tírate, lánzate ya de una buena vez por todas. Ven, ven conmigo, únete a mi y confíame tu libertad, seremos plenas. Te sorprenderé con la magia más bella y amorosa que puedas imaginar.
Ahora impaciente, el alma más inmoral de todas rechaza la traición del cuerpo y le sacude desesperadamente para que despierte y de un empujón, se lanza junto él al abismo para romper con la decrépita mentira de la tradición y con la parálisis de la infame cobardía que carga la traición a la vida.
5. Abismo de mi misma
Por Liliana Alzate Cuervo
Me encuentro frente a algo que habita dentro de mí, es el abismo de mi misma que respira bajo mi piel. Voces desconocidas —mis otros yoes— lanzan preguntas que rebotan en el eco de mi mente. El tiempo, aquí, no avanza: retrocede, arrastrándome por los pasillos de la memoria.
Mientras desciendo, comprendo que este abismo no es solo vacío: es la grieta entre lo que fui y lo que soy. Escucho ecos del pasado —aplausos lejanos, el piano desafinado de mi madre, voces en lenguas extrañas— y una canción de cuna que me nombra: “El quince de octubre nació una niñita…”.
Y entonces lo entiendo: necesito contarlo, Desnudarme palabra por palabra, como quien excava en la arena buscando su verdadero nombre.
El castillo del abismo
De pronto, todo queda oscuro. Caigo en los años setenta. Lo reconozco porque, a lo lejos, titila la luz de neón del Doryfrost de la Sexta, que ya no existe. Es de noche. Suenan ambulancias. Un carro pasa a alta velocidad. Desde un pequeño bar se escucha salsa de la vieja: “…Qué facilidad… mírala, mírala… Sandunguera, tú te vas por encima del nivel…”
Voy caminando por esa calle oscura, hasta que la música se pierde. Llego al parque Versalles. En una de sus bancas de granito rojo con punticos negros está recostado mi tío Luis Augusto. La última vez que lo vi, yo tenía diez años. Me acerco para verlo mejor.
Está vestido como una chica bella del Oeste. Sus labios pintados de carmesí y una peluca no muy arreglada revelan que la noche fue larga. Él es la princesa Ludovica de la corte de Cali. No me ve, no me escucha, pero tarareamos juntas la canción de Joe Cocker: —You are so beautiful… to me… No me la sé muy bien. Reímos.
Somos interrumpidas por el retumbar del viento que azota las ventanas de un castillo que aparece entre la bruma mañanera en una de las esquinas del parque.
Se escucha, en eco, un gemido mudo de mi abuelo, que arrastra los pies al caminar y se sienta, con dificultad, en la silla de mimbre del portón de entrada a hacer el crucigrama del periódico local.
Nadie recuerda desde cuándo ha estado allí el castillo de Versalles. Era una construcción rara, mezcla de tiempos y estilos. Algunos lo describían como medieval, otros como una vieja mansión tropical con delirios de realeza. Pero todos lo llamaban igual: la casa del abismo.
Me detuve frente al portón oxidado con puntas de hierro. El patio estaba seco, y en sus bordes apenas crecían algunas hierbas tenues, de un antejardín que alguna vez fue bello. Como si el olvido también se cultivara. Hoy, todo es desierto.
Algo —o alguien— me llamaba desde adentro. No era la nostalgia, era otra cosa: un deseo profundo de atravesar los ecos de la memoria.
La brisa cálida de Cali acaricia mi nuca y empuja la puerta, que crujió como si también doliera. En la entrada encuentro varios personajes. Tal vez los he inventado, ya no lo sé. Lo que les sucede a uno afecta de forma inmediata a mis otras yoes. Parece que ha llegado la hora de mi peregrinación. Respiro profundo y me digo:
—Lo importante es andar.
Por las ventanas ovaladas del castillo ondean cortinas blancas de tul, que dejan ver los espacios interiores: el corredor largo y oscuro con el reloj de pie al fondo. La escalera amplia que lleva al segundo piso, las múltiples puertas cerradas de las habitaciones. En la sala reposa el sofá de flores, las mecedoras y las mesitas de madera que se desenvuelven como abanicos. En el comedor, los estantes de vidrio y la mesa larga parecen no tener final. Por la ventana no alcanzo a ver aún la escalera de madera vieja que da a la torre.
Abismos de terciopelo
En un giro abismal, apareció la luna vacía, colgada como un faro en ruinas, evocando una belleza trémula en medio del abrumador caos.
En una vuelta de espiral, el tiempo me llevó al baño del segundo piso del castillo. El suelo, cubierto de pequeñas cerámicas —algunas faltantes—, crujía bajo mis pies descalzos. Caminé un tramo contando las baldosas, y al fondo encontré un bidé olvidado. El agua de la ducha seguía corriendo. En el espejo empañado del baño, el cielo aparecía reflejado. Lo limpié. Y ahí la vi.
¿Dónde el dolor se hace cuerpo, y el cuerpo testigo? Otra vez, lo inidentificable.
Me dio hipo. No podía controlarlo. Sentí vértigo. Y supe, con absoluta certeza, que estaba cayendo en el abismo más temido de mí misma.
En otra esquina del espejo, como si fuera un mapa abismal, vi la portada de un pasquín amarillista: El Q’hubo. En él, la foto de Sara Millerey. Tenía veintitrés años. No la conocía. Era solo otro nombre más en la extensa lista de violencias sistemáticas contra lo diferente.
Oí su grito de auxilio. Se repetía, largo, incansable. Su voz atravesaba el espejo, y desde él brotaban ramas y espinas que ascendían desde lo más profundo de la tierra. Una banda transfóbica de machirulos de Bello- Antioquia le había quebrado todos sus huesos de los brazos y las piernas. Sin embargo, ella seguía aferrada a una rama, intentando no hundirse en la quebrada que cruza su barrio. La rama no la sostenía. Las redes sociales colapsaban con las imágenes de su agonía, pero nadie se acerco ayudarla. Ella no caía: se hundía, lentamente, en un colapso sagrado que no tiene nombre. ¿Dónde el dolor se hace cuerpo, y el cuerpo testigo?
Allí donde el abismo deja de ser metáfora y se convierte en forma viva.
Caí, impotente. Sentí náuseas. Quise vomitar. salir de ahí.
Tomé el mango antiguo de la puerta del baño. Estaba cerrada desde afuera. No pude abrirla. Mi vista se nubló. Un humo espeso y el aroma a incienso impregnaban el aire. Entre la bruma, apareció un río largo y caudaloso. Alrededor, flores de todos los colores flotaban junto a un cuerpo. A lo lejos, se oían rezos ceremoniales. Estaba presenciando el sepelio de un importante Swami en la India. Lo veía como a través del lente de una cámara. Como si estuviera dentro de un documental de National Geographic.
En los subtítulos, apareció su nombre: Luis Augusto .Mi tío. Muerto por malaria a los treinta y tres años. Ahora incinerado en el Ganges. Nadie de la familia asistió a su ceremonia. Nadie supo que también había sido la princesa Ludovica de Versalles.
La bruma se disipa y el silencio lo cubre todo. Sigo cayendo, hacia dentro. Hundida en el huracán de mí misma, donde ya no hay distinción entre lo que mira y lo mirado. . Todo se funde en un mismo centro. Me pregunto si ese abismo de terciopelo no es otra cosa que mi sombra más profunda.
Entonces, una voz —una de todas mis voces— habló sin hablar:
no hay tú, ni yo, ni ella, ni elle. Solo Uno.
Todas las memorias rotas, los cuerpos violentados, incinerados, las voces silenciadas… son también lo que soy.
Una sola naturaleza, indivisible.Una identidad sin nombre.
Y en medio de esa vibración honda, entiendo: estoy viviendo una experiencia espiritual. Paso a paso, atravieso mi espiral interior.
Es la hora de mi peregrinación .
6. Abismo de la creacion
por Maria Elvira Echeverri
Ella, el movimiento
Ella está en movimiento, pero todo parece ocurrir lejos de su alcance. Desocupó parte de su hogar y viajó dejando todo fuera de lugar. Ahora está aquí intentando decidir si el sofá va en esta esquina o si la mesa debe ocupar aquel rincón; si las cortinas deben cubrir esta ventana o si aquella repisa necesita compañía… Nunca antes había estado tan desconectada de decisiones tan importantes para su familia.
Su mente está ausente; su corazón también parece haberse extraviado. ¿Dónde están? Ella misma no lo sabe… La veo buscar cinco minutos de descanso en cualquier rincón donde pueda esconderse del ruido constante de sus pensamientos. Pero su mente no le da tregua: "Estás subida de peso", "Esa ropa no te queda bien", "Esa pinta no funciona aquí", "No tienes capacidad para decidir qué se ve mejor en este apartamento". Incluso cuando piensa en ver a sus padres o sostener una conversación con su hermano durante el almuerzo, prefiere disculparse y evitarlo.
Hoy es 1 de abril: ¿ya cerró el mes? ¿Y la nómina? El contador sigue preguntando por soportes… ¿En qué gastó el dinero? Me pregunto si ella misma tiene las respuestas. Está escribiendo proyectos para beneficiar a su comunidad—pero incluso eso parece pesarle hoy. “¿Servirá realmente?”, murmura para sí misma mientras piensa también en las mujeres: “¿Qué pasa con las mujeres? ¿Se preguntan si debemos estar más presentes?”. Pero entonces surge otra pregunta más incómoda: “¿Quién quiere estar presente cuando la ausencia parece tan tentadora?”.
A veces pienso que sueña con desaparecer por completo: olvidarlo todo y hundirse en un sueño profundo donde la existencia sea ligera como plumas flotando al viento. Algo así como lo que nos proponía el abismo de la levedad… Por unos instantes esa idea pareció seducirla.
Ella, La pregunta incómoda
En algún momento pensó que el ritual podría ayudarla a reconectar consigo misma. Por unos momentos deseó estar en círculo con otras mujeres: retiradas en algún lugar remoto, escribiendo incoherencias juntas—verdades al límite o ficciones absurdas—sin reglas ni juicios.
Pero aquí está ahora: su cuaderno sigue en blanco; la imagen que eligió permanece inmóvil esperando ser abordada… Y sin embargo, ese incómodo abismo le lanza preguntas imposibles de ignorar:
¿Qué significa realmente estar presente?
Hoy está aquí… pero pensar en mañana parece confundirla tanto que prefiere no hacerlo. Hoy está mitad aquí y mitad allá; pero al menos todo parece estar más o menos en su lugar.
Ella, la crónica
¿Transformar lo vivido?
Ella se pregunta si es posible acercarse a cada palabra escrita, recortarla, jugar con ella… cambiar la narrativa, sin importar el resultado final. Pero, ¿realmente no importa el resultado final? Y la estética, ¿dónde queda la estética? Despliega las letras sobre la hoja, al principio de manera organizada, pero luego ya no importa… El propósito es llenar el espacio en blanco. ¿Y el blanco? ¿Dónde queda el blanco? No está… las palabras lo llenan todo, de manera incoherente, con la incertidumbre de lo que va a pasar.
Le tomó muchos días elegir una crónica roja. Esculcó en las redes y en sus anaqueles. Encontró una historia que, hace 25 años, la había lastimado. Hablaba de ella. Exponía incluso aquello que no sabía que iba a suceder varias décadas adelante. Pasó semanas apenada con quienes habían leído la historia; le daba vergüenza alzar la mirada. Odió la manera en que la habían expuesto.
Ahora, toma la hoja de la crónica, ya amarilla, han pasado 25 años. La lee y vuelve a mirarla… Si hubiera entendido la profundidad de lo ahí escrito.
Municipio de Yolombó, Sept 1 de 1999.
Ahí, en medio del pastizal, sobre una camilla improvisada, yace un hombre. ¿Está vivo o muerto? ¿Acaso importa ya? El paisaje húmedo y fértil conserva la huella de días de combate: las botas, el pantalón, los brazos del hombre cuentan la historia de quien ha estado tendido sobre la tierra, absorbiendo el cansancio y la memoria de la batalla.
El agotamiento se lee en cada pliegue, pero solo sus pies cruzados y una mano alzada revelan que aún permanece, que la vida, aunque tenue, todavía lo habita.
En el fondo de la escena, surge otra presencia: una mano limpia sostiene la suya, un hombre difuminado entre los verdes del territorio, vestido con camiseta del mismo tono y una gorra blanca, impecable, como si la mancha de la guerra no pudiera alcanzarlo. Esa gorra lleva el emblema de Niké, la diosa griega alada, personificación del triunfo y la victoria.
¿Triunfo? ¿Victoria? ¿Para quién? Solo es uno más, un número más en la interminable lista de victorias humanas, tan antiguas como la propia historia. En la imagen, el Número 27 aparece como un eco paradójico, un recordatorio de que podría ser cualquiera en esa sucesión milenaria de nombres y rostros olvidados.
Quizá habría que cambiarle el título a la carátula: Victoria Número 27, Municipio de Yolombó, 1 de septiembre de 1999.
Ella retoma la hoja en blanco llena de palabras, intenta hilar, dibujar con las letras, pero al final cada letra se vuelve el lienzo en blanco de una nueva historia… un poco confusa, a veces bosque, colores cobrizos… Pero hoy ha venido una sensación de permitirle ser algo más: esa capacidad del artista de transformar, de cubrir y volver a cubrir… donde no implica eliminar, pero sí, de alguna manera, matizar una realidad, una palabra, un gesto, un dolor...
Entraron algunos colores… aún pastosos, oscuros… Piensa en algo liviano, pero ¿cómo convertir una historia densa en una narrativa liviana? No queda sino lanzarse a ese abismo, a ese vacío donde llega la exploración y con ella el deseo de la liviandad.
¿Sinceridad? ¿Por qué hay que terminar? ¿Por qué hay que continuar? ¿Por qué debe gustarle lo que hace?
Quizás, al final, solo queden unas hojas que simplemente den testimonio de esa idea fugaz de transformar, alterar, convertir… aligerar.
Estas anotaciones estaban entre cientos de objetos personales hallados en el Rancho Izaguirre, una finca localizada en una región agrícola de Teuchitlán, a una hora de camino desde la ciudad de Guadalajara, en el oeste de México.
Los miembros del grupo Guerreros Buscadores de Jalisco, que tratan de hallar a personas que han desaparecido por la violencia en el país, también encontraron restos óseos en fosas clandestinas e indicios de que los cuerpos fueron calcinados.
Un hallazgo de centenas de zapatos
Pahola Garrido
Son los zapatos de los personajes que han habitado en mi. Con los que he caminado con mis pensamientos, con mis sueños, miedos y deseos.
Ahora todos ellos están desaparecidos, tal vez muertos, secuestrados, capturados, retenidos, enterrados o escondidos.
Algunos ya, personajes moribundos y cansados no tienen más que resonar. Si abren la boca solo es para reclamar.
¿De quien son las huellas, quien es el asesino que les ha sentenciado su destino?
El deseo oculto pero latente de mi inconforme y rebelde alma que se niega a repetirse em la rutina. En la monotonía insana.
Y con razón, yo también los jubilaría.
Poco a poco, se ha encargado de su desaparecimiento, en su afán de ganar tiempo. Al mirar atrás, bien que no hacen falta y su ausencia ha dejado el aire más liviano.
Hay más espacio. Hay más tiempo y un nuevo yo llega a mi encuentro.
Tímido y silencioso va llegando.
Atenta sintonizo sus propuestas y rechazos y le sigo
no se a donde y no pregunto,
su presencia viva es para mi, ya un guía.
Escucharle intuitivamente es como construir una amistad con un amigo nuevo, me dejo tocar por sus propuestas de aventura y abro caminos y espacios para penetrar en lo desconocido con sorpresa, con confianza y sin miedo.
El abismo incomodo Quien escribe teje
MICROFISURA EXISTENCIAL
CON DESPLAZAMIENTO DE SENTIDO
D R A . I N Q U I E T U D S U T I L
Aquí está el caso que nos presenta la respetada irreconocida doctora inquietud Sutil. Master en Neuro odontopsicología, con el enfoque en el estudio de la relación entre el cerebro, los dientes y el sistema nervioso asociado al comportamiento humano, especializada en fisuras del alma y sonrisas interrumpidas, con énfasis en dolencias mínimas con efectos colosales.
Se presenta en esta sección, el caso de la inestable frontera entre lo clinico y lo simbólico, abismos femeninos, silencios que punzan tras una sonrisa.
En una revisión exhaustiva de la literatura, durante el periodo comprendido entre el inicio del laboratorio 2025 de escritura creativa de la Dra Patasquiva y la actualidad, se escucha e investiga a fondo para entender el estado actual de los abismos y sus transformaciones, sus bordes, vacíos, caìdas, elevaciones y resurgimientos, se realizó el analisis de los datos recolectados y utilizando métodos cualitativos se evidencia que:
En todos los abismos contando al de MI misma, el de La Soledad, El Mas Temido, el de La Levedad, el Del Origen, el Del Silencio, El Incómodo, hay presencia de ecos internos que no repiten palabras sino intenciones fallidas, se evidencian intersecciones entre el lenguaje y el silencio, clasificándolas como, trastorno de percepción del mundo con lazos de introspección profunda, en resumen se denomina como, padecimiento de microfisuras existenciales con desplazamiento de sentido.
Se identificó el padecimiento en el interior de cada uno de los abismos, donde la microfisura exstencial presentò elementos discontinuos y asimétricos en cada uno de los casos.
La Doctora Inquietud Sutil presenta ante esta Comunidad científica con sensibilidad literaria, unas soluciones integradas, como guías de acompañamiento para éstos y otros abismos similares
Soluciones cognitivas-reencuadre del mundo.
En el primer nivel del tratamiento, se propone la escritura discontinua de diarios fragmentados, notas sueltas para dar forma al desplazamiento interno sin exigencia de linealidad, se incluye, la lectura en voz baja y salto al abismo de la escritura poética automática y no supervisada.
Complementa esta primera fase, el aplicar ejercicios de traducción del silencio, escribir lo que no se dice, lo que se sospecha, traducir lo invisible como acto poético cognitivo.
Soluciones afectivas.
Las soluciones afectivas no tiene porque esperar la evolucioón del tratamiento de primer nivel, pueden comenzar de manera paralela con conversaciones sin rumbo declarado, abrir espacios de diálogo, donde la utilidad no sea la meta sino el sostén anímico compartido.
Exploración afectiva de lo ambiguo.
Dar continuidad al tratameinto relacionándose con personas y espacios que permitan “el estar” sin el “deber ser”. En la medida de lo posible. Evitar ambientes saturados de lógica.
Y por ultimo pero no menos importante está la aceptación activa.. teniendo en cuenta que aceptar no es resignarse, aceptar es reconocer la MIcrofisura como el territorio fértil, donde la incomodidad no paraliza, sino que afina la percepción y la capacidad de resonar con los otros.
La microfisura existencial con desplazamiento de sentido, entonces, deja de ser un defecto y se convierte en un instrumento que vibra con todo lo que no se dijo, pero insiste en querer ser oído.
VALENTINA ZULUAGA HENAO
Dra. Inquietud Sutil
Desde las profundidades del Abismo Incómodo