A Travessia do Grão Profundo: el sertón que hizo espiral en Medellín
Por Liliana Alzate Cuervo | Escritora, dramaturga e investigadora teatral colombiana
Medellín, 8 de octubre de 2026 · Teatro Ateneo Porfirio Barba Jacob ·
25.º Festival Colombiano de Teatro Ciudad de Medellín
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«El sertón es el mundo. Hay que atravesar la aridez y la ausencia para reencontrar la semilla y la memoria de lo que fuimos».
— Paulo Atto, A Travessia do Grão Profundo
Hay obras que no terminan cuando se apagan las luces. Permanecen en el cuerpo como un rumor de tierra, una pregunta que acompaña el camino de regreso, una presencia que sigue respirando cuando la sala queda vacía. Así fue el encuentro con A Travessia do Grão Profundo, de la Companhia Teatral Avatar, llegada desde Irecê, en el sertón de Bahía, Brasil. En el Teatro Ateneo Porfirio Barba Jacob, el teatro abrió un territorio común: por un momento, el portugués no fue una frontera, sino música; y el cuerpo y la poesía escénica hablaron con la claridad antigua de aquello que compartimos como habitantes de un mismo continente.
Con texto y dirección de Paulo Atto, e interpretación de Mozar Nunes Primo, la obra sigue a Zinho, un niño que ve partir a su padre y crece marcado por esa ausencia. Ya joven, emprende su búsqueda a través de la caatinga, el ecosistema semiárido del nordeste brasileño. Pero no se trata solamente de llegar hasta alguien que se ha ido. El viaje atraviesa la infancia, la memoria y las zonas inciertas de la identidad. El paisaje se vuelve estado del alma; el camino, una espiral en la que pasado y presente se rozan, se confunden y vuelven a comenzar.
El cuerpo como territorio y memoria
La travesía comienza con una imagen de extraña quietud: el actor entra de espaldas y dibuja lentamente en el aire la señal de la cruz. El gesto parece abrir una puerta. El tiempo escénico se dilata y la mirada del público aprende otra velocidad: una que no corre detrás de los acontecimientos, sino que se detiene a escuchar lo que apenas se insinúa.
Mozar Primo construye su universo con una economía expresiva notable. Un cambio en el peso del cuerpo, una tensión en los hombros, una variación de la mirada o una inflexión de la voz bastan para convocar a otros habitantes de la memoria de Zinho: la anciana sabia, el niño que fue, la vecina, la mujer que no habla y la amante. El intérprete no se limita a representar personajes; parece hacerlos aparecer, como si cada uno aguardara en algún pliegue de la escena y de su cuerpo. En el encuentro amoroso, el gesto adquiere una sensualidad contenida y una belleza plástica que no necesitan subrayados.
La escena se sostiene en una confianza poco frecuente: la de un actor que sabe cuándo actuar y cuándo dejar que el silencio haga su trabajo. La palabra en portugués, con sus giros regionales y su cadencia, llega como materia sonora antes incluso de convertirse en significado. La barrera idiomática se vuelve porosa. El espectador quizá no comprenda cada frase, pero reconoce el temblor de una ausencia, la comicidad de un encuentro y la soledad de quien busca.
En la frase recurrente de Zinho —«Yo nunca tuve miedo porque nunca tuve duda»— se anuncia una certeza que el propio viaje nos irá poniendo a prueba. La entrega del intérprete no consiste en borrar la fragilidad, sino en darle forma. Ahí reside parte de la verdad teatral: en la precisión con que el cuerpo sostiene una pregunta sin apresurarse a resolverla.
En el centro de esta propuesta está la atención al cuerpo y a la presencia del actor. El entrenamiento privilegia la concentración, la desaceleración del tiempo y la precisión del gesto. En A Travessia do Grão Profundo, estos principios se manifiestan en la intensidad física del intérprete, el cuidado de la palabra y la capacidad de construir múltiples espacios con pocos elementos. La austeridad no es una carencia que la escena deba disimular, sino una elección estética que afina la percepción y permite que la imaginación del público complete el paisaje.
Una compañía, un territorio, una escuela
La potencia de esta puesta en escena invita también a mirar el proceso artístico que la sostiene: una trayectoria en la que creación, formación e identidad cultural se entrelazan. La Companhia Teatral Avatar fue fundada por Paulo Atto en Salvador de Bahía, en 1987. Desde 2009, Atto desarrolla en Irecê un trabajo articulado en torno al Núcleo Caatinga, orientado a la formación, la creación y el fortalecimiento de las artes escénicas en el interior del estado. En 2012 impulsó el Festival de Teatro da Caatinga, que con los años amplió su alcance hasta convertirse en un espacio de encuentro e intercambio entre artistas y compañías de distintas procedencias.
Paulo Atto ha consolidado una escuela de actuación que cuestiona las lógicas teatrales tradicionales al reconocer en el paisaje semiárido una matriz filosófica, estética y técnica. El Núcleo Caatinga encarna una apuesta por vincular la formación artística con las raíces culturales de una región históricamente relegada de los principales circuitos de Brasil, abriendo caminos para que sus creadores desarrollen formas propias de expresión sin renunciar a la singularidad de su origen.
Bajo la premisa poética O Sertão é o mundo —El sertón es el mundo—, lo particular no se diluye en busca de una universalidad abstracta; por el contrario, se profundiza hasta revelar preguntas capaces de trascender fronteras. La memoria colectiva, los mitos y las formas cotidianas de resistencia se convierten en materia de creación. Esta búsqueda se expresa en una escuela que no pretende reproducir fórmulas escénicas hegemónicas, sino formar intérpretes capaces de transformar su experiencia en cuerpo, pensamiento y acción teatral.
La ficha de circulación del espectáculo registra también el trabajo de Leonardo Teles en figurinos y aderezos, y la dirección musical y banda sonora original de Luciano Salvador Bahia. La obra ha circulado por festivales de Bahía y otros escenarios, llevando consigo las huellas de su origen. Su recorrido confirma que una creación profundamente arraigada en una experiencia local puede viajar sin desprenderse de ella: en sus imágenes, sus silencios y sus resonancias persisten el acento, los mitos y las preguntas que le dieron vida.
El sertón y las resonancias de América Latina
La escritura de Paulo Atto despliega una narración existencial, onírica y mítica que trastoca el tiempo y la cronología clásica. En ella resuenan tradiciones literarias que han sabido escuchar los territorios áridos, las voces populares y los mundos donde lo real convive con lo mítico. Es posible percibir ecos de Juan Rulfo, especialmente en la imagen del entierro del padre; también, en la rama seca que cuelga en el centro del espacio, una imagen de despojamiento y persistencia. Las esteras evocan, a su vez, el territorio de la casa-grande asociado a la mirada de Gilberto Freyre. Se perciben además ciertas atmósferas del realismo mágico latinoamericano, la cadencia de João Guimarães Rosa y, gradualmente, la sonoridad de Caetano Veloso en la propuesta musical. Estas resonancias no reducen la singularidad de la obra, que nace de una geografía concreta: el sertón bahiano, con su memoria, sus leyendas, su oralidad y las huellas de quienes han tenido que partir.
En esa geografía, la caatinga no funciona como telón de fondo. Es una presencia que condiciona la vida y, al mismo tiempo, imagina otras maneras de existir. La aridez no equivale al vacío: guarda semillas, relatos, humor, saberes y formas de resistencia cotidiana. La obra invita a mirar más allá de la imagen habitual de la sequía y a descubrir un territorio vivo y complejo, capaz de producir pensamiento y lenguaje escénico.
Desde Medellín, ese mundo no se sintió lejano. La ausencia del padre, la migración, la memoria familiar y el deseo de regresar también pertenecen a nuestras historias. La obra nos hizo sentir la filiación compartida de Abya Yala, nombre que el pueblo Guna dule emplea para referirse al continente que habitamos y que suele traducirse como «tierra en plena madurez». En escena, la sabiduría popular apareció con una luminosidad cercana, cálida y, como diríamos en portugués, : una experiencia muito gostosa, capaz de tocar los sentidos y la memoria.
En distintos lugares de Abya Yala, las personas han partido empujadas por la necesidad, la violencia o la promesa de una vida distinta; quienes se quedan aprenden a convivir con la ausencia y a inventar formas de nombrarla. La travesía de Zinho encuentra así una resonancia colombiana, no porque los territorios sean iguales, sino porque sus diferencias nos permiten reconocernos sin confundirnos.
Durante la función pensé que el idioma también puede ser una casa grande: quizá no conocemos todos sus rincones, pero una pausa, un ritmo o una respiración nos permiten entrar. Lo desconocido no siempre nos separa; a veces nos devuelve una imagen inesperada de nosotros mismos. En ese encuentro, el sertón dejó de ser un lugar distante y se convirtió en una pregunta sobre la tierra que habitamos y las memorias que llevamos dentro.
La poética de la ausencia
En una época que nos acostumbra a pasar rápidamente de una imagen a otra, A Travessia do Grão Profundo propone otra forma de atención. Su ritmo invita a permanecer, a regresar a la infancia, a desempolvar el duelo familiar y a la pregunta por quienes se marcharon. También aparece una necesidad delicada: encontrar una forma de despedir lo ausente sin borrarlo, de reconocer las heridas heredadas sin permitir que sean la única historia posible.
Buscar al padre es, en la obra, buscar una explicación, pero también encontrarse con la imposibilidad de cerrar del todo las preguntas. Zinho atraviesa el paisaje exterior y, a medida que avanza, descubre que la distancia más difícil puede estar dentro de sí mismo. La memoria no entrega respuestas ordenadas: devuelve fragmentos, voces, fantasmas y relatos que cambian de sentido con el tiempo.
Hacia el final, la afirmación de Zinho regresa transformada. El niño que decía no conocer el miedo ha aprendido del tiempo. Ya no teme solamente a la oscuridad o a las criaturas de las leyendas populares; teme al infinito, a las profundidades de sí mismo y a la posibilidad de dejar de creer. El miedo deja de ser una señal de cobardía y se convierte en conciencia de la propia vulnerabilidad. Crecer, parece decirnos la obra, es descubrir que no todas las ausencias se resuelven y que, aun así, necesitamos encontrar una razón para continuar.
La fuerza de ese pasaje no depende únicamente de las palabras del personaje, sino del camino corporal que las precede. El sentido se ha ido depositando en los gestos, las pausas, las voces y los encuentros. Cuando llega la palabra, el cuerpo ya la ha preparado; por eso la vibración del intérprete alcanza al público incluso más allá de lo que este comprende del idioma.
En tiempos convulsos e inciertos para la cultura y el pensamiento, encontrarse con una obra que encara la condición humana con semejante hondura puede convertirse en una luz frente al miedo y la incertidumbre, en una esperanza. Por eso la paradoja existencial de Zinho resuena con fuerza poética:
«Yo nunca tuve miedo porque nunca tuve duda… Repito esto todas las noches. Pero solo ahora lo entendí. Para tener coraje, es preciso creer. ¿Pero realmente en quién creemos? ¿En qué debería creer yo todavía? Crecí sin ningún temor, sin ningún desasosiego. Me vi a mí mismo como un niño sin miedo. El miedo fue algo que nunca tuve: ni a la oscuridad, ni a los aparecidos, la mula sin cabeza, el hombre lobo… ni al hambre. Tampoco le tuve miedo al tiempo. Y fue justamente el tiempo mi profesor. Y, como gran maestro, me inculcó el miedo: miedo al sinfín, miedo a las profundidades de mí mismo, miedo a no poder creer en nada más».
— Paulo Atto, A Travessia do Grão Profundo
Es en ese quiebre donde la dramaturgia toca la fibra más íntima del espectador: el miedo no como cobardía, sino como toma de conciencia del abismo interior y como lucha por seguir creyendo. Por eso, la pregunta final no pertenece solo a Zinho: ¿en quién creemos?, ¿qué nos queda cuando las certezas se resquebrajan?, ¿cómo seguimos andando sin renunciar a la posibilidad de encontrar sentido?
Lo que permanece después del aplauso
La presentación de A Travessia do Grão Profundo en el 25.º Festival Colombiano de Teatro Ciudad de Medellín fue una invitación a cruzar fronteras sin necesidad de borrarlas. La sala recibió una historia nacida en el sertón y la devolvió convertida en experiencia compartida. Quedaron preguntas sobre el texto, imágenes difíciles de olvidar y la impresión de haber presenciado un trabajo sostenido por la disciplina, la imaginación y la generosidad del intérprete.
Al salir, pensé que quizá toda travesía comienza con una ausencia, pero no termina necesariamente en el encuentro que imaginábamos. A veces, el viaje nos devuelve otra cosa: una manera distinta de mirar el lugar del que venimos, una voz que creíamos perdida, una semilla escondida bajo la tierra seca.
El sertón de Zinho no se quedó en el escenario del Ateneo. Por un instante, también fue nuestro.
Nota : Las referencias a Juan Rulfo, João Guimarães Rosa, Gilberto Freyre, el realismo mágico y Caetano Veloso se presentan como resonancias de lectura de la autora, no como influencias declaradas por el dramaturgo. Antes de publicar, conviene confirmar con la compañía la ficha técnica vigente y añadir el enlace del documental sobre la obra o de sus canales oficiales.




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